El bajo
consumo de café entre los colombianos fue una preocupación que hizo
carrera entre los dirigentes cafeteros de principios del siglo XX. No
tenía sentido lógico que un país como el nuestro, que se preciaba ante
el mundo de la calidad excelsa de su café tuviera el gusto más
inclinado a las bebidas alcohólicas que al tonificante café. Si acaso
se bebía era sólo al desayuno. Además, el bajo consumo interno era
contraproducente para la economía nacional como bien lo advirtió en su
momento el General Rafael Uribe Uribe, uno de los que más insistió en
la necesidad de masificar el consumo de café entre los colombianos.
En
carta enviada al señor Epaminondas López, documento que hoy se estima
como histórico, el General Uribe Uribe propuso que el consumo de café
negro fuera obligatorio en todas partes: oficinas del gobierno,
cuarteles del ejército y de policía, cárceles, internados de colegios y
universidades, cuadrillas de obreros de ferrocarriles y caminos, etc.
El café, según el General Uribe Uribe, debía ser también complemento
digestivo del almuerzo, las onces, la comida y la cena; es decir,
consumirse cinco o seis veces diarias. En un aparte de aquel documento
se lee:
“Desde hace tiempo una de mis preocupaciones es
generalizar en nuestro país el uso del café. Encuentro en ello tres
grandes ventajas: buscarle al grano mercados nacionales, procurarle al
pueblo un buen alimento y combatir el alcoholismo”
El General
Uribe Uribe argumentaba que el consumo masivo del café le abría al
grano el mercado interno, pues en caso de una caída de precios en el
mercado externo, actuaría como una especie de colchón amortiguador de
la crisis “Soy testigo de que en la mayor parte de cafetales de
Colombia no se les da café a los trabajadores... “ decía para advertir
sobre la contradicción que existía entre lo que los colombianos
pensaban de la calidad de su café y lo poco que lo consumían.
En
cuanto a su carácter alimenticio, desestimó por inocua la discusión en
torno a si se trataba de una bebida nutritiva o de un ‘alimento de
ahorro’. Tenía claro que se trataba de una bebida que tonificaba y
reconstituía las fuerzas del organismo, con efectos antipalúdicos
incluso... “Siempre acostumbro dar café a mis tropas y observo que
están menos expuestas a las fiebres. Además, cuando deben afrontar
largas marchas la distribución de café les posibilita resistir mejor la
fatiga y el insomnio”, anotaba.
Y sobre la tercera ventaja lo
del café en oposición al alcohol, sostenía que si bien ambos
estimulantes tenían efectos sobre el sistema nervioso y la circulación
de la sangre, el primero representaba una alternativa más sana. Decía,
“... es noción científica universalmente aceptada que el café se opone
al alcoholismo. Todo el mundo sabe que con una o dos tazas de café
negro se disipa la embriaguez. Además, si con el café se produce la
excitación deseada, es claro que el organismo ya no busca, o busca
menos, la del alcohol”
Este fue el comienzo de cómo en Antioquia y otras regiones del país el tomar café se volvió un hábito cotidiano.
Tomado y adaptado de:
El café en el desarrollo de Antioquia. Visión histórica y acción gremial.
Federación de Cafeteros. 1999